Seminarios clínicos y cuatro textos

Autor: Wilfred R. Bion

…]Yo haría una distinción entre la existencia (la capacidad de existir) y la ambición o la aspiración de llevar una existencia que valga la pena (la calidad de una existencia, no la cantidad; no la extensión de la propia vida, sino la calidad de esa vida). No hay escalas que nos permitan medir calidad y cantidad, pero la existencia debe ser contrastada con la esenciade la existencia. El hecho de que el paciente, como el analista, aún existan no alcanza: esta carencia es inseparable del manejo responsable de la existencia de las dos personas, analista y analizando, en la misma habitación al mismo tiempo.

Yo proclamo que este trabajo es científico, pero no creo que ustedes estén de acuerdo en que merezca ser categorizado de ese modo, pues continuaré con una serie de afirmaciones para las que no tengo ni el mas mínimo respaldo fáctico. Son las siguientes: el self que el psicoanalista observa – cuando el analista tiene las mismas características- tiene, de acuerdo con los embriólogos, ciertos objetos en crecimiento que ellos denominan corteza y médula de la glándula suprarrenal. Tales nombres dan cuenta de un patrón que se observa en individuos diferentes en momentos y épocas diferentes. Con el transcurso del tiempo, estos cuerpos se hacen funcionales y producen una sustancia química que se relaciona con la agresión, la lucha o el vuelo. Prefiero ser menos preciso y excluir todo elemento finalista diciendo que la glándula suprarrenal no provoca lucha o vuelo, sino su “iniciativa”. Los términos que utilizo, lucha, vuelo, iniciación, serían apropiados si el objeto que se observa tuviera una psiquis. Para superar la dificultad, el obstáculo que surge a causa de mi falta de inteligencia o conocimiento, recurriré a conjeturas imaginativas en contraste a lo que yo llamaría hechosLa primera y mas inmediata de estas conjeturas imaginativas se refiere a que  los cuerpos suprarrenales no piensan, sino que las estructuras que lo conforman se desarrollan físicamente y como anticipación física al cumplimiento de una función que conocemos como pensar y sentir. El embrión (o sus cavidades ópticas, auditivas, glandulares) no piensa ni ve ni escucha ni se evade, pero el cuerpo físico se desarrolla anticipándose al hecho de tener que proveer el aparato que cubra las funciones de pensar, ver, escuchar, evadirse, etc., etc.

A partir del hecho de que no puedo saber – y resulta de lo mas improbable que llegue a tener la inteligencia necesaria para ello en el curso de mi efímera existencia, – intento transmitirle al cuerpo político esta dificultosa pesquisa hacia el conocimiento, por si mis propias anticipaciones conducen a la contagiosa e infecciosa transmisión de estas conjeturas, las que pueden, a su debido tiempo, convertirse en realidades.

Hasta aquí solo estoy tratando el cuerpo físico como si anticipara funciones que se darían mas tarde, pero que ya tendrían un equipamiento corporal apropiado para servir a los propósitos de una función particular a la que llamamos “psiquis”. Esto es lo yo llamo una “anticipación física”, una anticipación corporal que hace posible la posterior operación funcional de la mente. Recurro a la psicología para describir una cuestión física; luego recurro a una cuestión física para describir algo psicológico.

Paso ahora a referirme al problema de la comunicación en el interior del self. (No me gustan los términos que implican “el  cuerpo” y “la mente”, por lo tanto, utilizo el término selfpara incluir lo que llamo cuerpo o mente y “un espacio mental” para ideas posteriores que pueden llegar a desarrollarse. La expresión filosófica de esta aproximación es el monismo) Cuando nos ocupamos del psicoanálisis, donde la observación debe jugar un rol extremadamente importante -como siempre se lo ha admitido en una indagación científica-, no demos restringir nuestra observación a una esfera demasiado estrecha. ¿Qué observamos entonces? La mejor respuesta que conozco la provee Milton en la introducción al Libro Tercero de El paraíso perdidoCuando el paciente viene al consultorio, el analista tiene que ser sensible a la totalidad de esa persona; debiera ser posible, por ejemplo, percibir cierto rubor en el rostro, propio de la manifestación física de la corriente sanguínea, tanto como ser capaz de escuchar las palabras que esa persona murmura como parte integrante de la operación de la musculatura vocal; no enfatizar particularmente la actividad de los músculos voluntarios, como tampoco los sonidos que producen las cuerdas vocales y el aparato vocal, sino mas bien la cosa en su totalidad. O para ponerlo de otra manera, el analista debe ser capaz de oír no sólo las palabras, sino la melodía, de modo de poder percibir ciertos detalles que no pueden transcribirse con facilidad mediante los trazos negros que hacemos sobre el papel, que tienen distintos significados cuando se producen en tono sarcástico o como manifestación de afecto o comprensión, o cuando los produce una persona que tiene experiencia en el ejercicio de la autoridad, por mas que las palabras puedan ser las mismas en cada instancia.[…]

Lo que digo puede resultar penosamente obvio. Mi justificación es que muy a menudo lo obvio no se observa, especialmente aquello que constituye la diferencia. Por eso pienso que vale la pena mencionar estos hechos obvios, los que, por otra parte, no pasarán a ser el objeto de estudio del que dependa ningún tipo de progreso científico. Cuando digo “científico” en este contexto, me refiero al proceso de realización en contraste con el proceso que se halla en el otro “polo” del mismo concepto, ideal-ización, la sensación de que el mundo, la cosa, la persona, no se adecuan a menos que alteremos nuestra percepción de esa persona o cosa idealizándola. Real-ización es hacer lo mismo cuando sentimos que el cuadro ideal que presentamos en nuestras formulaciones es inadecuado. Por eso debemos considera cual es el método de comunicación del self con el self.

Se ha trabajado mucho en el estudio del sistema nervioso central, el parasimpático y el aparato nervioso periférico. Pero no hemos considerado el papel que desempeña (en caso de que desempeñe alguno) en la comunicación del pensamiento o en la anticipación del pensamiento, el sistema glandular. Así como la tuberculosis del pulmón puede estar comunicada, dicen, con los linfáticos de los miembros inferiores, así tal vez los pensamiento que estamos acostumbrados a asociar con las esferas cerebrales podrían estar comunicados con el simpático o parasimpático y viceversa. Tal conjetura podría servir para el particular estado que el paciente manifiesta cuando dice que está aterrorizado o muy ansioso y no tiene la más mínima idea de por qué. Estamos familiarizados con el uso de la asociación libre a los fines de la interpretación; me pregunto si también será posible usar o interceptar estas comunicaciones antes que alcancen las esferas cerebrales, antes que alcancen el área a la que consideramos propia del pensamiento consciente o racional. ¿Pueden desempeñar algún papel en todo esto las que yo he llamado “conjeturas imaginativas”? Agregaría también “conjeturas racionales”, es decir conjeturas que parecen estar vinculadas con la actividad razonadora o con la actividad que ejerce una ratioCompárese este tipo de pensamiento con el que se manifiesta mientras nos damos vueltas en la cama cuando dormimos y tenemos lo que describimos como una “mala noche”, o con el paciente que habla sobre su catarro o rinitis. Los anatomistas llaman a una parte del cerebro el “rinencéfalo”, como si pensaran que existe algo así como el cerebro nasal. Se por los embriólogos y fisiólogos que el sentido del olfato es un receptor a distancia en un medio acuoso (los tiburones proveen un modelo de este tipo de receptor). Pero el ser humano tiene que llevar al mundo algo de este fluido intracelular tras el nacimiento cuando el medio ya no es acuoso sino gaseoso. El fluido acuoso, en vez de ser una ventaja, puede transformarse en una carga; el individuo puede sufrir de rinitis y dificultades para respirar. O un paciente quizá se lamente de no poder detener el torrente de lágrimas (otra secreción de los fluidos que tiene sus aplicaciones: puede irrigar el globo ocular y eliminar el polvo y la suciedad, pero un exceso enceguece con lágrimas al paciente).

A riesgo de parecer monótono o, de que, en caso contrario, se considere que estoy cambiando de tema, propongo ahora repetir los aspectos esenciales de lo que he estado diciendo. Supongamos cuando estamos dormidos nos encontramos en un particular estado mental en el que vemos paisajes, visitamos lugares y desarrollamos actividades que no solemos desarrollar cuando estamos despiertos- aunque podemos  desarrollar actividades cuando estamos despiertos que son reminiscencias de sueños; la gente dice que va a un lugar a donde siempre ha soñado con ir, hablando metafóricamente-. El cambio del estado mental en el que nos encontramos cuando dormimos (estado D) a aquel en el  que nos encontramos cuando estamos despiertos (estado P) recuerda el pasaje del fluido acuoso al fluido gaseoso, de lo prenatal a lo postnatal. Tenemos un prejuicio en favor del estado P: la gente, sin dudar, comenta que ha tenido un sueño cuando, por lo general, quiere decir que eso no ocurrió realmente. Yo diría que ése es un prejuicio propio de una persona que está a favor de la musculatura voluntaria, que no le atribuye importancia a donde pueda ir a menos que pueda hacerlo mediante el uso de sus músculos voluntarios. No escuchamos mucho acerca de los lugares que visitamos, los paisajes que vemos, las historias que escuchamos y la información a la que se puede acceder cuando estamos dormidos, a menos que traduzcamos todo eso a algo propio de un estado de vigilia.

¿Quien o que decide la prioridad del estado P sobre el estado D?

Autor: Wilfred R. Bion